sábado, 23 de mayo de 2026

 

El padre de Umbral en la vida cultural vallisoletana

Colaborador de El Norte de Castilla, Alejandro Urrutia disertó varias veces en el Ateneo y reivindicó la moderación política durante la República

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Alejandro Urrutia, en el centro, con su familia en Valladolid en 1932.
Alejandro Urrutia, en el centro, con su familia en Valladolid en 1932. (INSTITUTO CERVANTES)
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Enrique Berzal

Enrique Berzal

Valladolid

Algunos años antes de que Manuel Jabois desvelase en El País la identidad del padre de Francisco Umbral, un veterano periodista de esta ciudad me dijo que los rumores apuntaban al famoso doctor Cea. Aunque yo sabía que era imposible (Umbral nació en 1932 y el doctor Leopoldo Cea, fundador en Valladolid del primer laboratorio de vendajes de España, falleció en 1924), mi amigo no iba desencaminado. Y es que Alejandro Urrutia Cabezón, verdadero padre del escritor, no solo había contraído matrimonio en la iglesia vallisoletana del Salvador, en noviembre de 1911, con Vicenta Cea, hija del reputado farmacéutico, sino que él mismo había trabajado como gerente del laboratorio. Por Jabois sabemos, además, que Urrutia, coruñés de nacimiento aunque trasladado muy pronto a Córdoba, abogado y escritor y padre del famoso poeta Leopoldo de Luis, también había mantenido negocios con el Banco Hispanoamericano, circunstancia que más adelante posibilitaría los contactos necesarios para que Umbral, con apenas 14 años, entrase a trabajar en la entidad como botones.

Más importante, claro está, fue la relación con Ana María Pérez Martínez, la madre del escritor. «Fue allí, en Valladolid, cuando tuvo una secretaria, Ana María Pérez Martínez, que convirtió en su amante. La mujer se quedó embarazada y su familia la protegió enviándola a la Maternidad de Lavapiés, en Madrid. De vuelta, la abuela materna mandó al niño a casa de una nodriza primero y de unos familiares después para silenciar escándalos. Durante años su madre fue, para Umbral, la tía May. Su padre, un desconocido», escribe Jabois, y continúa: «Fueron los contactos de Alejandro Urrutia, amigo del alcalde de Valladolid, los que posibilitaron que la madre de Umbral accediese a un empleo en el Ayuntamiento, la época en la que el escritor se atiborró de lecturas en la biblioteca municipal». En efecto, Ana María fue secretaria del socialista Antonio García Quintana, alcalde en dos ocasiones (1932-1934 y de febrero a julio de 1936), fusilado en 1937, pero tanto en las actas del Ayuntamiento como en la hemeroteca de este periódico figura que entró en el Consistorio en noviembre de 1933, y por oposición: «Se acuerda nombrar taquimecanógrafas, en vista del resultado de las oposiciones, a las señoritas Ana María Pérez Martínez y Pilar Muñoz Linares».

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Sea como fuere, lo cierto es que Urrutia desarrolló una importante labor cultural en el Valladolid del primer tercio del siglo XX, y que sus colaboraciones fueron muy preciadas en El Norte, donde ya entre 1906 y 1909 le elogiaban sus brillantes notas, tanto en el preparatorio de Derecho como en la propia carrera, que estudió en nuestra Universidad. Calificado en estas páginas como «ilustrado joven y notable escritor» (en 1906 había publicado el libro 'Ecos del Alma' en la imprenta Carnicero, situada en la Plaza de la Universidad), entre noviembre de 1912 y enero de 1913 impartió en el Ateneo un curioso ciclo de conferencias titulado «Aspectos de la vida española». En él desarrollaba aspectos como «Los profetas de la ruina», «Los economistas», «Los políticos», «Los insípidos» y «Los equivocados». Seguido puntualmente por la prensa, Urrutia sostenía que el carácter español más puro podía apreciarse en Andalucía (ese «gozar de la vida espontáneamente, con todos sus placeres y desdichas, y saborearla con resignación, sin la febrilidad de los pueblos europeos restantes»), elogiaba a la mujer trabajadora y se quejaba de la poca influencia en la vida política de escritores como Ángel Ganivet, Ricardo Macías Picavea o Miguel de Unamuno.

Arriba, libro de Urrutia publicado en 1906 en Valladolid. Abajo, publicidad de los Laboratorios del Doctor Cea y el pequeño Umbral en 1936.. (EL NORTE)

Autor de algunos libros de poesía y de varias composiciones líricas en periódicos de los años 20, su concurso nunca faltó en los homenajes anuales que el Ateneo de Valladolid dispensaba a José Zorrilla. En el de enero de 1913, por ejemplo, visitó la tumba del escritor junto a sus colegas Andrés Torre Ruiz, Jesús Guillén, Fernando de Lapi, Zacarías Era y Santos Muñoz, y él mismo disertó sobre «La popularidad de Zorrilla».

No menos relevantes fueron sus columnas publicadas en El Norte de Castilla durante el periodo republicano, concretamente entre 1933 y 1935, concebidas como conversaciones literarias con un amigo. Además de evocar a figuras como el padre Feijoo y el citado Ganivet, a los que consideraba posibles guías para la España del momento, lamentaba la «mediana pobreza intelectual de la política del nuevo régimen republicano», incapaz de satisfacer a un intelectual tipo (siempre «descontento, preocupado, eterno disconforme»), y ponderaba los principios de Ángel Ossorio y Gallardo, republicano, católico y conservador. Se sirvió para ello de su libro «El sedimento de la lucha», del que resaltó las páginas sobre la democracia cristiana, su voluntad de forjar «un movimiento español de derecha» y la lucidez con la que trataba los problemas del país.

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